“Hoy no vamos a hablar de Dios, hoy vamos a hablar con Él”

Francisco Diego, Colegio Agustiniano (Madrid, España)

Apenas llegan a ser las 20:00 y, entre la oscuridad de la noche fría de otoño, me abro camino sigiloso por los patios del colegio. Ni un ruido, ni una luz. Nada rompe ese silencio tan ensordecedor. No sé muy bien qué me voy a encontrar. No he entendido muy bien el sentido de la “Hora Santa”, pero al llegar a la puerta de la capilla, tomo aire profundamente y decido entrar sin dudar. Una oscuridad eterna invade el salón, quebrantada únicamente por unas cuantas velas que marcan el camino hacia el altar. Unas mantas en el suelo. Alguna guitarra.

Una sensación de calma vence, sin piedad, todos mis nervios. El sacerdote empieza diciendo unas palabras que se clavan en mí como agujas: “Hoy no vamos a hablar de Dios, hoy vamos a hablar con Él”. Hasta ese momento, nunca me había dado cuenta del sentido de esa frase. Quizá es un buen momento para hablar con Dios, Él lleva demasiado tiempo esperándome.

Escucho hablar al sacerdote y su voz me traslada a un lugar único para mí, me sitúa muy cerca de Jesús. Tan cerca como nunca lo había sentido. Las canciones y los silencios para la reflexión se me hacen imperceptibles, apenas tengo tiempo para decirle al Padre todo que tengo dentro, todo lo que en otros momentos no he sabido expresar. Un cúmulo de pensamientos se agolpan en mi cabeza, como si tuviese una oportunidad única para hablar con Él, cara a cara. Quizá la tenga.


En algún momento, alzo la vista hacia alguno de mis compañeros y sus rostros dibujan una serenidad y paz asombrosa. Algunos son mis amigos, otros tan solo compañeros con los que apenas crucé palabra alguna, pero me siento cerca de todos, me siento comprendido y capaz de compartir una sensación única, junto a ellos. Me siento en casa.


Al salir, una emoción se adueña del ambiente. Todos queremos contar lo que hemos sentido. Por primera vez, siento las ganas de hablar de Dios con los demás. Sé que me van a entender. Sé que no me van a juzgar. Me doy cuenta, en ese mismo instante, que compartir la fe, la hace mucho más grande, mucho más invencible. Poderosa.


Doy muchas vueltas a lo vivido en esa “Hora Santa”. Creo que sigo sin saber muy bien explicar lo que es. Sólo puedo decir que nunca sentí a Jesús tan cerca como en esos momentos. Fue un tiempo único para estar con Dios.


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